Avatar, la más reciente película de James Cameron, será recordada en el futuro como un hito tecnológico y un punto de quiebre en el mundo del espectáculo, tal como lo fue la primera película que logró exitosamente sincronizar el sonido con la imagen. No es necesario insistir en su éxito comercial para reconocer que la industria del cine apuesta a lo grande para conservar a un publico que es cada vez mas sofisticado y exigente. Las salas de proyección 3D se multiplican en todos los rincones del planeta para competir con las enormes pantallas digitales de alta definición que ya se establecieron en las salas de estar de cualquier hogar más o menos pudiente, pero que en menos de una generación serán la norma mundial. Y aunque en todos los casos las entradas para una función 3D son considerablemente más costosas que las funciones convencionales, la experiencia tridimensional es lo bastante novedosa y atractiva como para generar un efecto de avalancha arrollador, incluso en esa parte del público que ya se ha acostumbrado a disfrutar del “cine en casa”. Como es natural, las salas de proyección convencionales seguirán lentamente el camino de los dinosaurios. ¿O no sera asi?
Aunque parezca mentira, no es la primera vez que se ha anunciado con bombos y platillos que el cine 3D ha llegado para quedarse. Cada cierto número de décadas, casi siempre coincidiendo con alguna revolución tecnológica, se ha intentado dotar a las pantallas de cine de ese punto de vista que los seres humanos disfrutamos de forma natural: la visión estereoscópica. Por el simple hecho de tener un par de ojos orientados al frente del cráneo (como la mayoria de los depredadores), gozamos de algo llamado “percepción de la profundidad” que resulta de comparar la información proporcionada por ambos ojos y procesarla en la supercomputadora que llamamos cerebro.
Lo que ocurre en la pantalla de un cine 3D es el resultado de proyectar dos filmaciones a la vez, realizadas por dos cámaras gemelas adosadas en un solo armazón o por su equivalente virtual en un programa de cómputo. Esta proyección, que a simple vista es solo una mancha desenfocada, es descifrada por el cerebro cuando los anteojos especiales filtran la proyección para cada ojo, y la ilusión de tridimensionalidad se recompone ante el espectador. La forma exacta en que se realizaba la filmación y las características de los anteojos especiales han cambiado con los años, pero el concepto básico sigue siendo el mismo.
Lo que hace diferente a Avatar es la forma en que la técnica ha trascendido el nivel del truco y el impacto efectista para llegar a ser parte de la expresión artística del director.
Quedan atrás todos los intentos ingenuos de resaltar el 3D con una inútil repetición de montañas rusas virtuales que no colaboran con la trama de la historia. Pasan al olvido los saltos repentinos hacia la cámara que no buscaban otra cosa que hacer reaccionar al espectador adormilado.
El espectador Avatar, por otra parte, no puede menos que abandonar la sala pensando que es en 3D la única forma en que puede abarcarse la sensación de ser parte del ambiente de la historia. El cine 3D se ha convertido en parte del arte cinematográfico.
En el futuro, ya sea que usemos anteojos o no, la idea de que alguna vez las películas fueron expresiones planas de luz y sombra bidimensional, resultara lejano e incomprensible para los niños, tal como ahora se muestran perplejos cuando alguien trata de explicarles que alguna vez la música se escuchaba en modo monoaural o que las primera computadoras no tenían mouse. Y pensemos que el televisor 3D ya está a la vuelta de la esquina.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario